Ya a la venta el número 4, febrero 2015, por 7.5 euros

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G. Sagi-Vela. Ametrallando sin despeinarse.

Gonzalo Sagi Vela es uno de los rostros del baloncesto setentero. Anotador compulsivo, estuvo 11 años seguidos en el Estudiantes y en la Penya fue vital para ganar la primera Korac. Santi Escribano repasa su trayectoria.

Más de una década en el Estudiantes semiamateur de los 70. Autor de la canasta decisiva en el primer título europeo de una Penya decidida a crecer a toda costa. Pero ante todo, un anotador compulsivo lleno de clase.

Sin línea de tres y sin despeinarse, Gonzalo Sagi-Vela se iba con suma facilidad a los 20 puntos por partido.

La prensa de la época le intentó llamar “El Duende del Ramiro”, pero no cuajó. De la grada salió lo de “Correcaminos” o “Beep-Beep”, por la onomatopeya que el pájaro de la Warner hacía cuando se mofaba del Coyote, con la misma velocidad endiablada que él cuando encaraba el aro para dejar una bandeja.

Pero al final se quedó con “Gomas”, que es el mote que le puso el vestuario. Y no era por saltar, que vaya si lo hacía, sino por esa costumbre suya de lucir siempre el pelo impecablemente engominado, como buen chico del colegio Maravillas, cercano –y por tanto rival- al Ramiro de Maeztu.

El mediano de la saga Sagi-Vela era tan elegante dentro como fuera de la pista. Gonzalo maravilló a la hinchada del Magariños durante 11 largas temporadas con el primer equipo, jugando en las posiciones de escolta o alero entre 1968 y 1979. Eso fue antes de ser parte fundamental del primer título europeo del Joventut, la Copa Korac ganada al Carrera de Venecia en 1981, y de dejar el baloncesto profesional en el Caja de Ronda malagueño.

PLATA DE LEY
Fue internacional absoluto con España en 82 ocasiones, y el máximo anotador de la Liga Nacional en unos años donde este galardón ya era coto privado de los jugadores que después llamaríamos “extracomunitarios”. Pero claro, el Gomas era un anotador compulsivo y se iba con suma facilidad a los 20 puntos por partido. Y eso sin existir todavía línea de tres… y sin despeinarse, claro está.

También eran unos años donde que los títulos no fueran coto privado de Ferrándiz y su Real Madrid era bastante raro. Por eso, los pocos metales que Gonzalo pudo levantar eran de plata. Dos subcampeonatos de Copa del Generalísimo con Estudiantes en sendas finales contra los chicos de “Pizarrín” (1973 y 1975) y que supusieron el debut de los colegiales en competiciones europeas. Y, por supuesto, la plata que consiguió con España en el Europeo de 1973, en la que solo Yugoslavia fue mejor que los chicos de Díaz-Miguel.

Su único título, su único oro, fue vistiendo de verdinegro, esa final de Korac donde fue el héroe inesperado: 27 puntos –recordemos que sin existir los triples- incluyendo el tiro adicional decisivo en una prórroga agónica. Pero su nombre, y sobre todo su apellido, aparece siempre indisolublemente unido al azul estudiantes.

Porque uno de los topicazos al hablar del Estu es definirlo como una familia. Y en el caso de los Sagi-Vela llegó a ser literal: los tres hermanos coincidieron en el primer equipo estudiantil, durante un par de temporadas. El mayor, José Luis, fue el pionero, y uno de los mejores jugadores de la época. Y eso que iba para balonmanista. El menor, Alfonso, no terminó de cuajar debido a que, en parte, era su propio hermano el que le tapaba la progresión.

A BADALONA EN LA CUMBRE
Otra costumbre, ésta realmente mala, que parece haber en Estudiantes es que sus mitos no suelan tener una salida del club por la puerta grande. Las declaraciones que hizo a la prensa al fichar por la Penya, después de años rechazando ofertas del resto de grandes de la liga, dicen mucho: “lo único que quiero dejar claro es que no me voy por la oferta que me hizo el Joventut. Lo demás, si quiere, que lo diga el Estudiantes, que está perfectamente enterado de todo, ya que he procurado que no supiese de la noticia por los medios de comunicación” (El País, 8/6/1979).

Unas décadas después, en un artículo de ACB.com, explicaba con más calma su salida del club de su vida. “Pensé que había llegado el momento de sacar algo de rendimiento al baloncesto. Elegí el Joventut porque era y es el club más parecido a Estudiantes y había sufrido una desbandada porque acababa de ganar la Liga. Además, tenía 29 años y ya no era tan interesante para el Madrid o el Barça. No recuerdo si tuve ofertas de ellos”.

Y es que para Gonzalo, Estudiantes era su equipo de toda la vida, pero desde luego no un sitio donde ganarse la vida con un deporte que ya empezaba a permitirse tener algunos profesionales. Pero una cosa tiene clara cuando recuerda su larguísima etapa por el “equipo de patio de colegio”: “No es peyorativo que lo sea. De aquí han salido multitud de jugadores y no deja de ser un instituto”. Y remarca, en primera persona del plural: “seguiremos siéndolo y con unos valores extraordinarios”.

En Badalona las cosas no fueron fáciles. Las temporadas post-título en los clubes humildes suelen traer, curiosamente, en lugar de crecimiento y asentamiento de buenas dinámicas, malos rollos y gestos que más bien parecen puñaladas traperas. En la Penya, por ejemplo, Gonzalo vivió la salida por la puerta de atrás de uno de los mitos verdinegros: Luis Miguel Santillana. “Querían cepillárselo y no entendía por qué. Yo venía del Estudiantes, un equipo donde lo más importante era la camaradería y no fue ir en contra de Comas o de la directiva, sino estar al lado de mi compañero”.

A los 33 años, ya tenía la cabeza más lejos de las canchas que otra cosa, pero se le puso un nuevo reto en el horizonte: el emergente Caja de Ronda de Málaga. Ahí impartió sus últimas lecciones. Menos anotador compulsivo y más director de juego. Pero, de nuevo, sin despeinarse. Con clase y estilo.